23 de noviembre de 2016

Sonrisas y Lágrimas. Cadete Masculino


Fin de semana de contrastes emocionales para nuestros cadetes masculinos.
Se iniciaba la jornada en IMD con un partido contra los Salesianos de la Trinidad, equipo que había dado buena cuenta de su rival en su primer encuentro, y cuya puesta en escena con un físico bastante imponente podía generar dudas en nuestros muchachos.
El susto por el tamaño de los rivales duró lo que un primer cuarto en el que la presión que tan bien practican nuestros cadetes desarboló el ataque rival, propiciando canastas fáciles que abrían una rápida diferencia, que se amplió hasta 16 puntos en un segundo cuarto pleno de acierto e intensidad. Las rotaciones contínuas, con un reparto coral de puntos y acciones positivas entre una plantilla que había que dosificar, no dejaban lugar a reacción por parte del equipo salesiano.

De este modo, tras un tercer cuarto donde se superó holgadamente la treintena de puntos de ventaja, con solo cuatro canastas convertidas por el equipo local, se pasó a una defensa a medio campo que dejó un último período de trámite, sólo alterado por cierta dureza innecesaria de la defensa local en la que hasta tres jugadores terminaron con cuatro faltas.
Al final, veinticinco puntos de diferencia que van dejando claras las jerarquías en el grupo, a expensas de lo que pueda pasar con los equipos del vecino Macasta.

Por la tarde, vino la tensión, el esfuerzo, el sudor ... y las lágrimas.
Ganar en la pista del Betis E+ requiere de muchos factores sobre los que no siempre se dispone. Un buen día en ataque, conservar la calma ante las difíciles decisiones arbitrales y –a veces- que también se aparezca la Virgen en un momento determinado, son exigencias esenciales cuando las fuerzas están parejas sobre el terreno.

A pesar de la holgada victoria ante este equipo en la primera jornada, se era conciente de todo ello, después de que el fuerte equipo de Coria necesitara de un triple postrero para doblegar a los blanquiverdes la semana anterior.

Pues bien, ninguno de esos factores se dió. Lo que se ganaba en defensa se perdía en ataque, con fallos continuos bajo el aro, el rebote era patrimonio del contrario y los contactos –que se interpretaban desigualmente en una y otra zona- siempre se saldaban a favor del Betis. A mayor abundancia, el milagro de que el balón decisivo cayera dentro tampoco se produjo.

El inicio fue duro. Tuvimos dificultades para ajustar la defensa y andábamos fallones en ataque, con una escasa circulación de balón y acometidas individuales que no llevaban a nada. A pesar de ello, al final del primer cuarto la diferencia de cinco puntos para los locales era exigua a tenor de las sensaciones.

Peor fue la cosa en el segundo cuarto, donde nos cargamos de faltas hasta el punto de acabar el cuarto con nuestro  front court saturado de personales, con Miguel  Farnés, Luis Pedroche y Jose Cutiño con tres para cada uno... y a pesar de todo estábamos a seis puntos, agarrándonos a la cancha.

Llegó el tercer cuarto y la catarsis. La defensa de Fresas se hacía infranqueable y los jugadores béticos empezaban a asumir la tensión de que habría partido hasta el final. De hecho, tras una primera ventaja de los nuestros, el período terminaba con solo tres puntos arriba para los locales y las espadas bien en alto para un período final de infarto. Nos sobrepusimos a todo, incluida la anulación de una canasta más adicional ya concedida para señalarnos pasos, seguida de una técnica a nuestro entrenador tras esta decisión.
Y llegamos al final del tiempo reglamentario, soportados en un Luis Pedroche imperial, forzando faltas y encestando los libres, con contrataque y entrada que empataba a 58 a falta de escasos segundos. Saque de fondo y robo de Lete que se la juega a dos segundos en un balón que toca el aro, toca el tablero, cae al aro de nuevo... y se sale. La fortuna se vistió con trece barras y les salvó la campana.

La prórroga fue una lenta y cruel agonía, en la que el acierto triplista del Betis y las eliminaciones de Pepe –también con técnica- y Jose Cutiño nos condenaron al 68-61 final. Siete puntos que nos sirven para mantener el basket average de cara al final de esta fase y la próxima.

Ver llorar de impotencia y frustración a nuestros jóvenes y generosos guerreros fue el epílogo emocional a un tremendo esfuerzo sin premio, pero que debe llenarnos de orgullo porque pelearon sin desfallecer, contra el rival y contra unas circunstancias previsiblemente adversas.

Y a pesar de todo, solo nuestros errores en ataque y una pizca de suerte nos privaron de la victoria.


Para quitarse el sombrero... (J.C.C.R.)